El choque cultural inverso es lo que nos sucede al volver a casa después de vivir en el exterior una larga temporada. Ya experimenté esta sensación a lo bestia cuando volví de mi intercambio de un año en Japón, pero actualmente lo vivo a pequeñas dosis cada vez que vuelvo a Barcelona a pasar unos días. El choque cultural es obviamente mucho menor si solo se pasan unos días, ya que se limita a las cosas más superficiales, pero no por ello deja de existir.

Volver a casa después de vivir en el exterior

Como ya os comenté en el último post, el mes pasado estuve unos días en Barcelona, mi ciudad natal. Estos días han sido fantásticos, ya que he podido desconectar de mi día a día en Düsseldorf y disfrutar de mi familia y amigos. Pero durante mi estancia era constantemente consciente de que ya no vivo allí.

Hace unos meses hice un post muy personal y emotivo hablando de lo difícil que es volver a casa; esta vez quiero presentaros una lista de las situaciones curiosas con las que me he ido encontrando durante esta corta estancia en Barcelona.

1. Quiero hablarle a la gente en alemán

Aterrizo en el aeropuerto del Prat. Tengo sed. Y lo primero que pienso cuando hablo con la dependienta de la tienda es Ein mal stilles Wasser, bitte. Por suerte recapacito y lo digo en castellano. Pero tengo que andarme con ojo si no quiero soltarle algún Entschuldigung sin sentido a cualquiera con quien me tropiece por la calle.

2. Pasar la tarjeta antes de entrar al Metro me quita tiempo

Estoy tan acostumbrada a entrar en el metro como si fuera la calle y a llevar el bono mensual en la cartera que no tengo en cuenta que en Barcelona las cosas no funcionan así. Con lo que llego al metro con mis prisas para que no se me escape y me planto delante de las puertas a sacar la tarjeta mientras pienso que eso es tiempo que estoy perdiendo. Aunque en realidad ni tengo prisa ni los trenes tardan tanto en llegar.

3. Vuelvo a dormir con persianas

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Y esto seguramente para mucha gente será una alegría, pero no para mí. El otro día dormí en casa de mi madre y cuando me fui a la cama no me acordé de que había persianas, con lo que estaban bajadas al máximo. Cuando me sonó el despertador a las 9 de la mañana tenía la sensación que estábamos en la mitad de la noche y me desperté con muy mal cuerpo. Será que me he acostumbrado a despertarme con la luz del sol y ya no puedo volver atrás.

4. El volumen de las calles y de la gente me molesta

Ya os he comentado muchas veces que algo que me encanta de Alemania es la tranquilidad y el silencio que hay en todas partes. Obviamente este es uno de los choques culturales más bestias que experimento cada vez que vuelvo a Barcelona. Solo salir del metro y encontrarme con esas calles llenas de coches pitando cada dos por tres y de gente hablando a voces ya atormenta mis oídos. Pero bueno, al cabo de un rato me acostumbro y no lo encuentro tan horrible.

5. Me muero de hambre hasta que toca comer

Y es que estoy tan acostumbrada a comer a la una y cenar a las ocho que si me lo retrasan una hora y media muero de inanición.

6. No sé qué decir si me hablan random por la calle

Eso de que venga una señora cualquiera por la calle y me empiece a explicar su vida no solo me sorprende sino que de buenas a primeras me incomoda. Aunque después de la sorpresa inicial la verdad es que lo agradezco, y es que en realidad echo de menos esta espontaneidad española.

7. Sonrío para mis adentros si oigo hablar alemán por la calle

Y pienso "vosotros no lo sabéis, pero os estoy entendiendo". Vamos, lo mismo que me pasa cuando me cruzo con españoles en Alemania.

8. Mis amigos cruzan los semáforos en rojo y yo creo que moriré

En Alemania me he acostumbrado a no cruzar semáforos en rojo, aunque no se aviste ni un solo coche a la redonda. Si voy con Isaac no pasa nada, porque los dos nos quedamos esperando tan tontamente a que el señor verde se ilumine. Pero cuando voy con mis amigos ya es otro cantar. Y ayy... madre mía.

9. Hablo de la persona de delante sin tener en cuenta que me entiende

Y es que cuando una se acostumbra a algo es difícil dejar de hacerlo. Muchas veces me he mordido la lengua cuando estaba a punto de decir algo que no convenía por la situación, y otras aunque lo haya dicho el ruido de los coches lo ha eclipsado. Isaac y yo tenemos un pacto de hablar alemán si se da la circunstancia, pero es raro y nunca hemos llegado a hacerlo.

10. Lo comparo todo con Alemania

Por si no os habéis dado cuenta con el post, ya os lo digo yo ahora: lo comparo todo con Alemania. De hecho, tengo esta comparación tan interiorizada que no me doy ni cuenta de que lo estoy haciendo otra vez. Espero que mi familia y amigos no me odien por ello.


Y tu, ¿Qué choques culturales tienes cuando vuelves a casa?, puedes decírmelo en los comentarios a continuación.