Siempre que vuelves a casa y te reencuentras con tus orígenes entras en un estado de reflexión constante. Tus sentidos se disparan como los de un niño y lo percibes todo con los ojos abiertos como naranjas, disfrutando de cosas tan simples como una cena con la familia, las luces decorando el cielo de la ciudad y las risas de tus amigos cruzando Passeig de Gràcia.

Lo que conocías de volver al hogar

Las Navidades pasadas viajabas pensando que podías, durante unos días, hacer como si vivieras allí y quedar con todos aquellos a los que echabas de menos. Esto te llevó a un ritmo vertiginoso, muy lejos de lo que son unas vacaciones. Antes de viajar a Barcelona esta vez tenías miedo de volver a sentirte de este modo, con lo que intentaste limitar tu tiempo a la familia y a unos pocos amigos.

A la gente con la que no has podido quedar e incluso aquellos a quiénes ni siguiera has avisado de tu viaje no es que no les quieras ver; simplemente sabes que es difícil recuperar el ‘tiempo perdido’. Este año has intentado asumir que tu vida está en Alemania, y por más que querrías mantener la misma relación con todo el mundo, aceptas que no es posible.

Llegada a Barcelona

Ya desde el cielo, sentiste la magia de Barcelona en tu piel. Tendrían que ver tu sonrisa paseando por la Diagonal, incluso haciendo trámites que no te apetecían lo más mínimo. Algo que te resulta curioso es que cuando estás allí no tienes la sensación de vivir lejos ni de haber estado tanto tiempo sin pisar tu ciudad. La tienes tan adentro que debe formar parte de ti. La última vez creíste caminar constantemente por un sueño; ahora pertenecías al lugar y parecía que no te hubieras movido nunca.

Pero aunque la escenografía de las calles no te resultara extraña, notaste distintos los sonidos, la calidad del aire y la temperatura. Los dos primeros días te percataste de que tu tono de voz era mucho más alto de lo habitual y necesitabas ir en manga corta por la calle. Pero tu cuerpo se adaptó rápido y en unos días ya llevabas tantas capas como la gente a tu alrededor.

La voz de tus amigos, los juegos con la familia y las comidas entre seres queridos tenían un aspecto extraordinario que no existe cuando no te mueves de tu ciudad. Cuando vives fuera sabes que cada minuto cuenta, que en unos días volverás a estar lejos y que aunque no quieras pensar en ello, el momento va a llegar. Es seguramente por eso que la euforia inunda muchos de los momentos y que deseas que esto no acabe nunca. Pero al mismo tiempo, llega un punto en el que sientes que necesitas volver al sitio donde ahora está tu vida, saboreando a la vez un cierto remordimiento que te lleva a dudar un poco de todo.

El 'Hasta luego'

Inevitablemente llega el fin de las Fiestas, y con ella el antagonista al reencuentro. Toda la alegría que te invadía en abrazos los primeros días se transforma en tristes ojos cristalinos. Notas como tu familia empuja las lágrimas hacia adentro —para que no lo notes—, y quieres marcharte rápido como si os fuerais a ver mañana. Has aprendido que así es más fácil.

Te diriges con tu peor humor al aeropuerto, sin ganas de volver a la rutina y sin saber exactamente cuando vas a volver. Tras atravesar capas y capas de nubes aterrizas en Alemania, y el tren te envuelve en un silencio que te tranquiliza. 'Como si estuvieras bajo el agua', dices. Y las estaciones te resultan tan familiares como las que pisabas hace a penas cuatro horas.

Al llegar a casa te sientes bien, extrañamente bien. Ya no estás tan triste y el olor a tu hogar te abraza como no habías esperado. Finalmente te preguntas, ¿Adónde voy cuando 'vuelvo a casa'?

Volver a casa por Navidad